DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (15/11/2020)

Por el Hermano Mariano Méndez, O.S.B.

«Ser buenos administradores de los talentos recibidos»

Evangelio de Mateo 25, 14-30

¿Qué nos pueden enseñar la economía y la productividad sobre el Reino de los cielos? La parábola propuesta por Jesús sobre un hombre de negocios que abandona la ciudad y confía su dinero a sus trabajadores tuvo mucho sentido para su audiencia de aquel entonces. Los comerciantes y hombres de negocios adinerados a menudo tenían que viajar al extranjero y dejar el negocio a otros para que lo manejaran mientras ellos no estaban. ¿Por qué contó Jesús esta parábola? Lo más importante es que nos dice algo sobre cómo Dios trata con nosotros, sus siervos. 

La parábola habla primero de la confianza del Maestro puesta en sus siervos. Mientras se va, les deja su dinero para que lo utilicen como mejor les parezca. Si bien no hubo condiciones, obviamente esto fue una prueba para ver si los trabajadores del Maestro serían astutos y confiables en el uso del dinero que se les confió, y finalmente, el maestro recompensa a los trabajadores y fieles y castiga a los que se quedan de brazos cruzados y no hacen nada con su dinero. 

La esencia de la parábola parece residir en la concepción de responsabilidad de los sirvientes. Cada siervo al que se le había confiado el dinero del amo fue fiel hasta cierto punto. El sirviente que enterró el dinero del amo fue un irresponsable y hasta inseguro. Uno puede enterrar semillas en la tierra y esperar que se vuelvan productivas porque obedecen a las leyes naturales. Las monedas, sin embargo, no obedecen a las leyes naturales. Obedecen a las leyes económicas y se vuelven productivos en circulación. 

El amo esperaba que sus sirvientes fueran productivos en el uso de su dinero. ¿Qué tienen que ver las monedas y la ley económica con el Reino de Dios? El Señor confía a los súbditos de su reino dones y gracias y les da a sus súbditos la libertad de usarlos como mejor les parezca. Con cada don y cada talento, Dios da suficientes medios (gracia y sabiduría) para usarlos de manera adecuada. Como muestra la parábola de los talentos, Dios está en contra de las actitudes como la indiferencia, el pesimismo, de esa actitud que dice que no vale la pena intentarlo. Pero por otra parte, Dios honra a quienes usan sus talentos y dones para hacer el bien. A los que son fieles incluso con un poco se les confía más. No obstante, los que descuidan o malgastan lo que Dios les ha confiado, perderán lo que tienen. Aquí hay una lección importante para nosotros. Nadie puede quedarse sin hacer nada o vivir en una completa y constante indiferencia. U obtenemos más o perdemos lo que tenemos, o avanzamos hacia Dios o retrocedemos. 

Esta parábola nos motiva a cuestionarnos sobre cómo usamos aquello de lo que se nos ha dotado. ¿Enterramos nuestro talento por la pereza, por miedo o por desconfianza? ¿Tratamos de justificarnos tras el miedo? ¿O tal vez estamos insatisfechos con la cantidad de talentos que recibimos y estamos obsesionados con que no sea igual o justo, en lugar de hacer lo mejor con lo que obtuvimos?

Es bueno que antes y después de nuestra jornada nos detengamos a pensar cuidadosamente y agradecer lo que Dios nos ha dado. Él nos ha dado todo lo que tenemos. Tengamos en cuenta que el Maestro seguramente regresará y requerirá que todos y cada uno de nosotros le demos cuenta de los dones que Él confiadamente puso sobre nosotros. Seamos buenos servidores, trabajemos diligentemente, usemos sabiamente y aumentemos sus talentos. Seamos fieles incluso en pocas cosas, para que Él pueda seguir confiando en nosotros, pero sobre todo para que el futuro Él nos permita entrar en su gozo eterno. 

Pidámosle a nuestro amado Dios, 

Señor, sé el gobernante de mi corazón y mis pensamientos, sé el rey de mi hogar y mis relaciones, y sé el maestro de mi trabajo y servicio. Ayúdame a hacer un buen uso de los dones, talentos, tiempo y recursos que me das para dar honor a tu gloria y contribuir a la instauración de tu Reino aquí en la tierra. Amén.



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